“Nuestro país nos pone trabas, pero nosotros no nos las ponemos”

Francesca, Eloy, Alberto, Rubén y Alba con las maletas listas

Son jóvenes y están preparados. Tienen entre 23 y 34 años y comparten una cosa en común: viven y trabajan en Alemania. Son doce, y aunque no predican ningún evangelio, sí forman parte del grupo de creyentes que pensó que su formación universitaria le iba a brindar la oportunidad de trabajar en su país. Su fé en esa idea se mantiene, aunque el objetivo se vislumbre cada día un poco más lejano. Pocos creen ya en un regreso a corto plazo. La esperanza de un milagro que reactive la economía e impulse las cifras de empleo hasta valores razonables se desvanece como un azucarillo en una taza de café.

Y más tras la escasa incidencia que los problemas de Europa han tenido en la campaña electoral alemana. Con la excusa de que Alemania mantiene una situación económica de liderazgo en comparación “con otras regiones”, Angela Merkel ha esquivado el debate sobre la problemática europea en todo momento. Su contricante, Peer Steinbrück, aprovechó el único debate televisado entre ambos candidatos para lanzar el mensaje de que Alemania tiene “la obligación de ayudar a los socios mediante nuevos impulsos económicos“. Sólo el candidato socialdemócrata se acordó de España y de su “crisis financiera“ (fuente: El País).

El fin de la campaña electoral ha confirmado que los problemas de desempleo del resto de Europa preocupan lo justo en Alemania, y no sólo eso, pues tal y como indica el periodista José Ignacio Torreblanca en su blog Café Steiner: “los alemanes no sólo están satisfechos con su modelo económico sino que piensan que la salida a la crisis pasa por que los demás lo adopten“. Una afirmación que se palpa en la calle, donde eso sí, también es cada vez más palpable la presencia de ciudadanos de la Europa rescatada.

Alemania tiende la mano a los jóvenes españolesSi echamos mano de las cifras, vemos que la emigración de España a Alemania se incrementó en un 45% del año 2011 al 2012, según la Oficina Federal de Estadísticas alemana. Ese mismo año, el pasado, llegaron al país teutón 29.910 nuevos inmigrantes españoles, sin contar a los que no están registrados. Hay que remontarse al año 1973 para encontrar una cifra tan alta, aunque todavía estamos lejos de los 82.324 emigrantes que dejaron la España franquista en 1965. Es razonable que al finalizar 2013 la cifra siga incrementándose de manera considerable.

Este brutal incremento es también patente en la región de Sajonia, en cuya capital, Dresden, nos encontramos. Una vez superado el período oscuro de la República Democrática Alemana, el Estado Libre de Sajonia comienza a relanzar sus cifras de empleo, gracias también a la ayuda de jóvenes procedentes de toda Europa, principalmente de países del sur y del este. Según la Agencia Federal de Empleo (Bundesagentur für Arbeit), en agosto de 2009 había en Sajonia 270.336 parados. En el mismo mes de 2013, la cifra de desempleados bajó hasta los 192.469, es decir, 77.867 parados menos que hace 4 años. De ellos, siempre hablando de Sajonia, 9.104 son extranjeros, y tan sólo 51 son de nacionalidad española, en contraste con los 166 desempleados italianos o los 188 griegos.

El mercado laboral alemán

De esta tendencia positiva se han beneficiado en mayor o menor medida las doce personas a las que hemos consultado. Del total, sólo una forma parte de la lista del paro; a la que se sumó hace un par de meses tras haber trabajado los últimos dos años en dos empresas distintas en Berlín y Dresden; y otra se encuentra de excendencia por maternidad. El resto, todos trabajan.

Preguntados sobre las dificultades para encontrar trabajo en Dresden, los datos son claros. Seis de ellos lo encontraron al momento o tras la primera entrevista y los otros seis tardaron entre dos y tres meses en encontrarlo. Casos como los de Alberto Godoy y Alba Tuñas, licenciados en Ingeniería Técnica Industrial e Ingeniería Química, respectivamente, son claros ejemplos del camino que recorren miles de jóvenes españoles en toda Europa.

Alberto y Alba encontraron trabajo sin experiencia
Alberto y Alba encontraron trabajo sin experiencia

Ambos encontraron trabajo hace unos meses, después de un año Erasmus en el que cerraron sus estudios entregando aquí su proyecto fin de carrera. “Al finalizar mis estudios estuve seis meses de prácticas en una empresa y luego tardé dos meses y medio en encontrar trabajo. Realicé cinco entrevistas y en la última me cogieron”, comenta Alberto, andaluz de 23 años.

Alba, que acaba de cumplir 26 años, tardó un mes en encontrar trabajo como ingeniera de procesos en una empresa especializada en fabricar baterías de litio para automóviles: “era la primera entrevista de mi vida, recién salida de la Facultad, y encima en alemán. Al principio creí que me había salido fatal. Me pusieron a prueba, y por lo que se ve, no salió mal del todo”, señala la ingeniera gallega.

En la misma empresa que Alba trabaja Luna Yzaguirre, que en 2008 llegó desde Barcelona a Darmstadt, cerca de Frankfurt, donde realizó sus estudios de Ingeniería Mecánica tras haber finalizado Ingeniería Industrial en la ciudad condal. Compaginó su proyecto fin de carrera con su trabajo en la Universidad de Darmstadt, desde donde dio el salto al puesto que ocupa hoy. “Uno de nuestros clientes en la Universidad era mi actual empresa y resulta que ellos mismos pidieron internamente mi curriculum y me ofrecieron el trabajo que tengo ahora en Kamenz, cerca de Dresden”.

Algo similar le ocurrió al cántabro Jorge Pérez, ingeniero de Telecomunicaciones de 32 años, al que contrataron en la Universidad Técnica de Dresden “al día siguiente de terminar mi proyecto fin de carrera, en el mismo departamento”. Ahora, tras dos años de trabajo en la Universidad, Jorge comenzará en octubre una nueva etapa, testando la implantación de sistemas de telecomunicación en automóviles en una empresa de automoción en Dresden.

La Universidad y sobre todo el programa de intercambio comunitario Erasmus, son sin duda la lanzadera desde la que los jóvenes españoles logran abrirse camino en el mercado laboral alemán. Ocho de los doce entrevistados llegaron a Alemania gracias a las becas Erasmus. Tres de ellos se quedaron en Dresden por motivos laborales una vez finalizado el intercambio. Los otros cinco regresaron a su país de origen para finalizar sus estudios y volvieron a Dresden uno o dos años después, donde también acabaron encontrando trabajo.

Es el caso de las italianas Valeria Minutiello y Francesca Barbero, de 27 y 26 años de edad, licenciadas en Lenguas para la Comunicación Internacional e Idiomas Europeos, respectivamente. Ambas estuvieron de Erasmus en 2008, y las dos acabaron volviendo a Dresden en 2010. Valeria por amor y por trabajo, y Francesca para continuar estudiando, labor que compagina dando clases de italiano en la Volkhochschule, una academia que ofrece cursos de idiomas en colaboración con la Universidad.

Francesca y Valeria acabaron volviendo a Dresden
Francesca y Valeria acabaron volviendo a Dresden

Para ambas, el Erasmus fue una oportunidad para “practicar el alemán que habíamos aprendido en la carrera. Vinimos a Dresden porque era la ciudad más grande con la que tenían convenio de colaboración nuestras Universidades“, comenta Valeria. “Además”, apunta Francesca riéndose, “en Dresden nos permitían diez meses de beca, mucho más que en otros sitios”.

Un recorrido similar fue el de Naiara Mitxelena, bilbaína de 26 años licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas. Tras coincidir durante los seis meses de su beca Erasmus con Valeria y Francesca, se volvió a España para terminar la carrera y el amor la trajo de nuevo a Dresden en 2010. El haber realizado una parte de sus estudios en Alemania le abrió las puertas del mercado laboral. “Empecé de prácticas en una agencia de Relaciones Públicas, recomendada por un profesor de la Universidad. Luego pasé a una empresa que organizaba ferias, estuve un año y mientras trabajaba seguí echando varios curriculums hasta que encontré el trabajo en el que estoy actualmente, en Spiesser, una revista gratuita para jóvenes”.

Una generación que encuentra su sitio

A lo largo de los diversos encuentros con los doce consultados, la sombra del calificativo generación perdida deambula por el ambiente y se cuela en los temas de conversación planteados. Muchos dudan al responder. Unos lo rechazan tajantemente. Otros no tienen claro si están o no de acuerdo. En lo que sí coincide la mayoría es que ese calificativo no tiene lugar en una sociedad que los acoge y les da las oportunidades que su país les niega.

Una sociedad donde es posible “coger a un recién titulado por el sueldo que merece e invertir en él”, señala Alba, o donde “te pueden ofrecer un puesto de trabajo sin ningún tipo de experiencia y muy buenas condiciones laborales“, reconoce Alberto. Y no. No es ningún anuncio de una agencia de colocación. Es la vida real. Es el caso de dos estudiantes universitarios que en menos de tres meses han conseguido lo que otros muchos en España llevan años esperando.

Y no lo han conseguido a base de jornadas laborales de diez o doce horas con un sueldo de 400 € al mes. Lo han logrado porque tienen la formación necesaria y porque alguien ha entendido que sus perfiles pueden aportar valor a su empresa a pesar de las dificultades del idioma o de su escasa experiencia laboral. “Yo creo que la clave es que quieren formar a la gente. Su pensamiento es: lo que invierto, me lo llevo. Apuestan por ti, señala Luna.

Luna: "aquí apuestan por ti"
Luna: “Aquí apuestan por ti”

“En España estamos a años luz de ellos”, remarca Alba. “Aquí saben que hasta que pasen cinco o seis meses no vas a ser tan productivo, pero también entienden que cogiendo a una persona de cero la pueden moldear a su gusto. Eres uno más, no eres el nuevo. Te respetan trabajando”, concluye la gallega. “Yo no puedo comparar porque nunca he trabajado en España”, reconoce Naiara, “pero por lo que veo, aquí invierten mucho en la gente”.

Jorge, uno de los pocos que ha trabajado en España antes de venirse a Alemania, apunta que “en España no se es tan clasista como aquí. Lo que me gusta de aquí es la cantidad de empresas que hay y de institutos de investigación. Está claro que el gobierno de aquí apuesta muchos recursos en este tipo de cosas”.

Otro de ellos es Rubén, ilicitano de 29 años. Este Técnico de Telecomunicaciones desempeñó diversos trabajos en España antes de establecerse en Dresden, donde lleva ya cinco años. Actualmente trabaja en una empresa de software y maquinaria industrial, donde por fin ha conseguido dedicarse a lo que más le gusta con un horario flexible y una estabilidad que nunca consiguió en España.

Rubén en un viaje a las Canarias
Rubén en un viaje a las Canarias

“Aunque solo puedo hablar de mi región, Sajonia, creo que el trabajador tiene más apoyo y facilidades aquí que en España”, comenta Rubén, que también estuvo unos meses sin trabajo antes de encontrar su actual empleo. “Aquí existen más ayudas para el desempleado que en España, o por lo menos, son más fáciles de conseguir. La oficina de empleo te apoya y presiona de manera más activa que en España. No esperaba que hubieran tantas facilidades para el inmigrante“, finaliza.

En eso coincide también Eva Quiles, ingeniera Superior de Telecomunicaciones de 33 años, que desde hace unos meses se prepara de nuevo para dar el salto al mercado laboral tras su excedencia por maternidad. Estar en el paro aquí es un coñazo. Te mandan cartas continuamente con ofertas a las que tienes que enviar el currículum. Luego te citan y tienes que explicar por qué no has encontrado nada o por qué no has mandado currículums. Hace años tuve que decirles que no me quisieron coger porque era mujer y tenía 30 años. Tenían miedo a que me quedase embarazada y no me quisieron”. Irónicamente, en su último trabajo, “me quedé embarazada casi al entrar y a los siete meses tuve que parar”, recuerda sonriendo.

Eva, con su hijo Luisito
Eva, con su hijo Luisito

De su experiencia laboral en Alemania, Eva destaca que “en el trabajo, los españoles somos más eficientes, más rápidos. Lo que más me gusta de aquí es que tienes un trabajo flexible tras el que tienes tiempo libre”. De hecho, aquí es común que en muchos trabajos el empleado adapte su horario laboral a su ritmo de vida. Si necesitas hacer ocho horas, en algunas empresas tú decides la hora a la que entras y la hora a la que sales, siempre y cuando cumplas con tu mínimo semanal y tus obligaciones para con la empresa. Las jornadas laborales suelen empezar a las ocho de la mañana y finalizan a las seis de la tarde. Salvo en una cafetería o en determinadas tiendas, nadie trabaja hasta más allá de las seis.

Formación, inversión, flexibilidad, oportunidades, confianza. Son adjetivos que salen una y otra vez a la hora de definir las posibilidades que el mercado laboral alemán ofrece a estos jóvenes. Se muestran satisfechos, agradecidos por las oportunidades que aquí han podido encontrar. Ya no están perdidos. Han encontrado su sitio en una sociedad ajena que les ofrece todo lo que esperaban encontrar en su país de origen.

“Yo no me considero nada perdido, estoy bien encontrado. Creo que eso es para gente más joven que yo”, señala Jorge. A sus 32 años, su visión difiere de la de Naiara, que con 26 cumplidos reconoce estar de acuerdo con el calificativo de generación perdida “en cuanto a que los jóvenes recién licenciados ahora mismo en España no tienen grandes oportunidades. Me da mucha lástima pensar que pasar de unas prácticas no pagadas a la siguientes está a la orden del día, porque para mí eso no es digno”, se lamenta la publicista vasca.

Eloy: "Hay que cambiar de mentalidad"
Eloy: “Hay que cambiar de mentalidad”

Más contundente se muestra Eloy Díez, ingeniero mecánico de 32 años, quien cierra el debate asegurando que “siempre estuvimos perdidos, desde hace muchos años. Lo que pasa es que no nos habíamos dado cuenta y lo seguiremos estando mientras no cambiemos nuestra cultura cañí del pelotazo, la falta de miras y el favorecimiento de la mediocridad a todos los niveles. Más perdidos aún están los de la generación anterior hipotecados hasta los 65, más los 50.000 € por familia que debemos todos por cuenta del Estado. Por lo menos la generación que viene no se va a hipotecar tan a lo bestia. O sí. Nunca subestimes la estupidez y avaricia humana“. Para tomar nota.

El sistema educativo

Si de entre todos los entrevistados alguien sabe de materia educativa en Alemania, ella es Eva. Esta alicantina fue una de las pioneras en el programa de intercambio Erasmus. Llegó a Dresden hace once años, en 2002, para finalizar la Ingeniería Técnica de Telecomunicaciones. Tras finalizar su estancia, probó suerte en Madrid durante seis meses en los que no pudo encontrar trabajo. “A partir de ahí me planteé volver a Alemania. Me dije, si en la capital no hay nada, qué hago aquí. Se puede decir que España me echó”.

De vuelta en Dresden, hizo un curso de alemán de seis meses, imprescindible para poder acceder a la Ingeniería Superior de Telecomunicaciones. Una vez acabada la segunda carrera, se puso a buscar trabajo y aquí se quedó. Actualmente, Eva se encuentra de baja por maternidad desde hace un año y medio, un período mucho más amplio que en España, pues “aquí el sistema social te cubre mucho, sólo por el hecho de haber trabajado aquí”, reconoce la joven madre alicantina.

Preguntada sobre su experiencia como estudiante en Alemania, Eva reconoce que ha respondido con creces a sus expectativas. “El poder llegar y hacer un proyecto en una empresa es impensable en España. Estudiar aquí es más fácil. Es en general más práctico y se premia más el esfuerzo”.

Algo en lo que también coincide Luna, que realizó sus estudios completos de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Darmstadt. “Lo educativo aquí es mucho más teórico pero aplicado, es decir, no buscan fastidiarte en un examen. Aprendes de forma más pragmática, aprendes a aplicar la teoría“. Eso sí, continúa Luna, “los proyectos aquí son más difíciles, porque se aplican a casos reales y te dan los recursos necesarios para que lo lleves a cabo, por lo tanto, también te piden resultados“.

Dada su condición de madre, Eva está experimentando en estos momento otra perspectiva del sistema educativo alemán. Su hijo Luis, de un año y medio, acaba de comenzar la guardería. A las dificultades que ha tenido para encontrar plaza ahora se une su preocupación por el rígido sistema educativo alemán. “Aquí a partir de los siete u ocho años ya separan a los niños. O bien van al colegio desde el que luego saltan a la Universidad, o bien van al colegio desde el que luego van a estudiar directamente un oficio.”

David lleva once años en Dresden
David lleva 11 años en Dresden

Esa es una de las cosas que menos le gusta de Alemania a David Campesino, ingeniero Técnico Forestal actualmente más centrado en su labor como fotógrafo y cinematógrafo, a la que se dedica de manera autónoma. Natural de Valladolid, lleva diez de sus 34 años en Dresden, tiempo suficiente para comprobar que “el sistema de educación en Alemania es bastante clasista. Prácticamente a los once años de edad ya se decide si el niño irá o no a la Universidad”.

“Y no sólo eso”, prosigue Eva, “pues el cambio de una rama a otra es duro. Los niños tienen que hacer un curso puente, demostrar que de verdad quieren cambiar de rama y que valen para ello. El profesor es quien decide el camino que ha de seguir cada alumno. Ellos también deciden si un alumno puede o no cambiar de rama. Si el maestro indica que un alumno tiene que ir encaminado a un oficio, “su palabra va a misa”, comenta Eva preocupada.

La enseñanza en Alemania también es obligatoria, pero no existe el parvulitos, los niños empiezan a los cinco años tras previo paso por los Kindergarten (las guarderías alemanas o “jardínes para niños”). Desde este verano, el Estado alemán ha sacado una ley en la que se compromete a dotar de una plaza de guardería a todos los niños. Luego, el Estado también se encarga de proporcionarle a cada niño una plaza en un colegio cercano a su domicilio.

“Lo que sí tienen bien aquí es el tema de las actividades extraescolares. Las pagas tú e incluyen deportes y actividades lúdicas. Y luego el tema de los idiomas. El inglés es obligatorio y luego pueden elegir entre español, francés o incluso ruso, que antes en la época soviética llegó a ser obligatorio“, finaliza Eva. Su hijo, Luisito, tendrá la posibilidad de volver a España con dos idiomas maternos, español y alemán, además de una tercera lengua a escoger. Es el resultado del proceso de integración entre los nuevos emigrantes y su país de acogida. Donde unos estimulan y valoran el aprendizaje de varias lenguas, otros desprecian la diversidad linguística tomándose una relaxing cup of café con leche a costa de nuestros impuestos.

El idioma como barrera

Y ya que hablamos de idiomas, un aspecto que apenas hemos tocado aún es la incidencia del idioma a la hora de integrarse en la vida social y laboral alemana. De la muestra consultada, cuatro personas llegaron a Alemania con un nivel nulo, cinco con un nivel básico (A1 o A2), dos con un nivel medio-avanzado (B2) y tan sólo una, Naiara, con un nivel competente C1, ya que “en Bilbao fui a un colegio alemán e hice la Selectividad alemana”.

A la hora de estudiar, el inglés puede ser un buen punto de partida y una ayuda para conocer gente y comunicarse. Pero sólo a corto plazo, pues aunque en algunas carreras hay asignaturas en inglés, como es lógico el alemán es mayoritario y tarde o temprano se acaba volviendo imprescindible. Todos los consultados destacan la importancia de venir a Alemania con una base de alemán, “aunque sea baja, arrancas más rápidamente que si vienes de cero”, recomienda Alba.

El grupo de entrevistados celebrando un cumpleaños con varios amigos
El grupo de entrevistados celebrando un cumpleaños con varios amigos

Luna, que ha tenido la oportunidad de cursar una carrera completa en Alemania, tuvo que hacer un curso intensivo de alemán nada más llegar. “Lo que pasa es que yo hice la carrera no como Erasmus, sino como una más entre alemanes. Tenía ocho asignaturas y todas eran obligatorias en alemán, así que no tenía tiempo de ir al curso, pero lo hacía igual yendo a las clases”, recuerda la ingeniera catalana.

Alberto, que realizó su proyecto fin de carrera en la Hochschule für Technik und Wirtschaft Dresden (Universidad de Ciencias Aplicadas de Dresden) y llegó a Dresden con un nivel básico A1, reconoce que comunicarse “sólo era posible al principio gracias al inglés, pero poco a poco y gracias a las clases fui perdiendo el miedo. También gracias a que en mi grupo de clase éramos unos quince o dieciséis y trabajábamos en grupos de tres o cuatro personas, lo que hacía bastante fácil el contacto con otros compañeros. Así que al final terminé soltándome a chapurrear algo”, nos cuenta el andaluz.

Algo similar le ocurrió a Carmen Galán, sevillana de 25 años licenciada en Administración y Dirección de Empresas, que cursó su año de Erasmus en 2010 en Bamberg, cerca de Nürnberg, en su primera experiencia por tierras alemanas. Después de un breve paso por Inglaterra, desde hace un año vive en Dresden, adonde se vino a probar suerte. Tras realizar prácticas durante seis meses en EADS, empresa hermana de Airbus, Carmen se puso a servir tapas en un bar español hasta que la llamaron de nuevo de EADS, esta vez para ofrecerle un contrato de trabajo.

Carmen tomando un glühwein
Carmen tomando un glühwein

Sobre su año Erasmus en Bamberg, Carmen señala que “me comunicaba básicamente en inglés. Con las clases de alemán que hice aquel año las bases estaban en mi cabeza, pero no fue hasta esta segunda vez que he venido que le perdí el miedo. No domino el idioma, pero por lo menos sé hacerme entender”. La sevillana lanza además un consejo para todos aquellos que están pensando en venirse a Alemania. “En estos momentos españoles, italianos, griegos y demás estamos por todos lados, así que las probabilidades de que tus amigos se comuniquen en una lengua distinta al alemán son altas. Por ello, si vienes con algo del idioma aprendido, podrás tener conversaciones básicas, aunque sean cortas y te den para cinco minutos en un bar. Eso sí, con la cerveza en la mano, que siempre ayuda“, bromea Carmen con el habitual desparpajo andaluz.

Alba, al igual que Alberto y Carmen, también se vino a Alemania con conocimientos muy básicos del idioma. Recuerda que en la Universidad “no me costó porque con el inglés funcionabas bien. El problema lo tuve con el Diplomarbeit (Proyecto Fin de Carrera), porque mi tutor sólo hablaba alemán, lo cual fue una desventaja en ese momento porque me supuso mucho esfuerzo, pero al final fue el impulso que necesitaba para ponerme las pilas con el idioma”.

En el ámbito laboral, el inglés pierde fuerza como argumento. Casi todos los entrevistados calculan en un año el tiempo necesario para desenvolverse con soltura con el alemán y hacer vida normal más allá de hacer la compra. En el caso de Rubén, la búsqueda de trabajo fue bastante difícil “por la falta de alemán hablado. Hice unas diez entrevistas y tardé unos tres meses en encontrar un puesto. Hay que tener en cuenta”, reconece, “que me limité a buscar dentro de la rama de mis estudios. Me habría sido mucho más fácil conseguir cualquier empleo menos técnico”. Su consejo para aquellos que ponen sus miras en el país germano es “que vengan con el mayor nivel de alemán que les sea posible. Aunque para algunos trabajos no es indispensable, sí que da muchos puntos a la hora de buscar empleo”.

Jorge preparando un grill en el parque
Jorge preparando un grill en el parque

Alberto, por su parte, para buscar trabajo recomienda “tener un nivel pasable de alemán, poder expresarte y entender más o menos lo que te dicen. Supongo que un B1 al menos cursado, ya que en el trabajo hay menos tiempo para afianzar relaciones de amistad”, apunta. “Yo”, dice Jorge, “les recomiendo que estudien (alemán) en España y que hagan tandem”. El tandem es una fórmula muy extendida en la que dos o varias personas se citan para conversar en el idioma de su interlocutor. En este caso un español queda con un alemán y ambos practican la lengua del otro. Además de practicar el idioma, el tandem es una herramienta para conocer gente e integrarse en el estilo de vida alemán

Regreso a casa

La eterna pregunta: para cuando la vuelta a casa. Las dos posibles respuestas: con el corazón o con la cabeza. De los doce jóvenes consultados para este reportaje, seis no tienen pensado todavía volver a su país. Los otros seis quieren volver en dos o tres años, cuatro como mucho. De ellos, algunos quieren volver pero no descartan pasar antes por algún otro país. David, que lleva diez años en Dresden, lo tiene claro. “Seguiré en Alemania a corto plazo y a largo plazo no descarto otros países, pero España no”. Eva, la que más tiempo lleva aquí, no quiere moverse ya que “la calidad de vida y las condiciones laborales son muy buenas. Vale la pena quedarse. Lo malo es el tiempo”.

Sin embargo, del resto de entrevistados, de los que nadie lleva más de cinco años en Alemania, todos prefieren poner fecha a su regreso a casa. Naiara se quedará dos o tres años más en Dresden. “Luego me puedo plantear ir a otro país de habla inglesa o incluso viajar unos meses por Sudamérica”. Carmen también tiene “el antojo” de irse un par de años a Latinoamérica, “pero el tiempo y la vida irán marcando el camino. En principio me gustaría quedarme aquí y afianzar el idioma, unos dos años más. Aunque con estos inviernos no sé si duraré”.

Valeria y Naiara hicieron Erasmus juntas
Valeria y Naiara hicieron Erasmus juntas

Valeria aguantará “otros cuatro o cinco años en Alemania, luego mi idea es volver a Italia”. Jorge siente que su período en Alemania todavía no ha terminado aunque no sabe cuánto tiempo se quedará. “Un par de años seguro. Un tercer país sería posible. Eso sí, con playa y calorcito”. El tiempo es también un factor clave para Alba, quien no descarta moverse “por culpa de los inviernos alemanes. Eso sí, a España aún no, cuando lo haga será para quedarme. Echo de menos muchas cosas de allá, nuestra cultura y mi gente, pero Alemania también me está aportando mucho y creo que todavía no exprimí del todo lo que me queda de esta experiencia”, reconoce la gallega con un halo de morriña.

Alberto es otro de los que echa de menos España, pero “la oportunidad de comenzar a trabajar, obtener experiencia y aprender un oficio aquí es casi indispensable para volver luego. Dos o tres años más en principio y luego probaría en España. Ni siquiera lo he intentado todavía allí”, comenta el ingeniero andaluz. Luna, por su parte, no cree que su próximo destino sea España. “Cuando vuelva me quedo, pero me da miedo cerrar esta aventura. Antes de cinco años volveré, pero depende mucho de lo que me ofrezca España. No me he ido para volverme a mi casa sin más. Quiero conseguir algo, pero no me cierro puertas”.

Estas puertas que estos chicos no se cierran son las mismas con las que se golpean miles de jóvenes en España a diario. Allí la palabra futuro hace tiempo que fue cambiada por incertidumbre. Hoy, en los diccionarios de lengua española la palabra emigración tiene una nueva acepción: oportunidad. De ello son conscientes estos doce valientes que por necesidad o virtud han hecho las maletas y se han abierto camino en un país frío, de habla extraña y costumbres en ocasiones hasta excéntricas.

Pero el precio que han de pagar es alto. Aquí se echa de menos a la familia y a los amigos. No todo va a ser trabajo. Aquí también se leen las noticias, los casos Bárcenas y Urdangarín. Aquí también se estrella un tren en Santiago o se muere la gente en el Madrid Arena. Y se sufre. Aquí también hay gente que piensa que tú eres como los políticos que te gobiernan. Gente que piensa que te está rescatando con sus impuestos o gente que cree que te pasas el día toreando, comiendo paella y durmiendo la siesta. O aquellos que cuando llegas tarde a un sitio te dicen: español, claro.

Preguntamos a nuestros entrevistados qué sienten cuando leen las noticias, cuando se informan de su país. “Me da vergüenza”, dice Naiara. “Lo de la corrupción es una cosa tremenda. Cómo se están repartiendo ellos mismos el pastel”. De la “desesperación y tristeza” de David encontramos la “impotencia y rabia” de Rubén. “En parte me siento culpable por no poder colaborar más de cerca”, prosigue el ilicitano. Eva se alegra “de haber aguantado aquí tanto tiempo. En parte, creo que tenemos lo que nos hemos buscado. Hemos estado viviendo muy bien y no hemos pensado en las consecuencias. Estoy satisfecha por estar aquí. Te mosquea leer lo que pasa, pero poco puedes hacer”.

Francesca, Luna, Alba y Valeria juntas de viaje
Francesca, Luna, Alba y Valeria juntas de viaje

Alba intenta leer cada vez menos las noticias, “porque no puedo solucionar nada y me deprimo en la distancia. Tenemos mucho potencial y la corrupción no nos deja dar un paso adelante y avanzar”. A Valeria, la situación en Italia, le da rabia porque “siento que podemos ser más fuertes en Europa. Lo siento mucho por mi país, me duele por la gente que está allí”. Porque aquí, en el extranjero, el tiempo no se mide en horas, minutos o segundos. Se mide en los días que faltan para volver a casa, aunque sólo sea una semana. Aunque todos sean conscientes de que después de esa semana la cuenta atrás volverá a empezar, sólo que el casillero tendrá una distancia aún mayor.

Porque es en casa, en Bilbao, en Barcelona, en Elche, en Alicante, en Reinosa, en Santander, en Negreira, en Valladolid, en Bra, en Sevilla, en Torino o en Sanlúcar de Barrameda donde entienden nuestro humor, donde mejor nos dan de comer, donde nos esperan en el aeropuerto, donde nos preguntan si vamos abrigados o si comemos bien. Porque “en el área gastronómica y en las relaciones personales, en España somos muchos mejores”, resume Rubén.

“Aquí no saben comer”, sentencia Alba, que continúa destacando “la alegría que tenemos por la vida”, o como dice David, “el humor y la espontaneidad que tenemos”. “Los alemanes”, relata Jorge, “no son nada buenos improvisando, tienen que tenerlo todo planificado. Y eso de que son muy trabajadores, bueno… son muy constantes pero en una urgencia los españoles rendimos mejor”. Carmen apunta el porqué de ello. “Nosotros somos más espontáneos y nos afectan menos los cambios. En general no somos personas negativas, pero los alemanes se ofuscan rápidamente si las cosas no salen como planearon”.

En Italia las relaciones familiares se asemejan más al estilo español que al modelo alemán. “Nuestros valores familiares son más firmes”, cuentan Valeria y Francesca. “En Italia damos más valor a las tradiciones y a la cultura”, en contraste con “lo individualistas que son aquí”, puntualiza Naiara. Aunque todos coinciden en asegurar que si logras una amistad alemana, la tendrás para siempre.

Para siempre quedará también grabada en la retina de estos doce jóvenes su experiencia como estudiantes y trabajadores en Alemania, lejos de casa, luchando por abrir esas puertas que a tantos otros les niegan. Un tiempo en el que reirán, llorarán, disfrutarán o sufrirán. En el que sentirán que van un paso atrás por culpa del idioma o en el que celebrarán cada pequeño logro como si fuera la mayor de las victorias. Un tiempo, al fin y al cabo, en el que no tendrán la sensación de haberse quedado de brazos cruzados viendo la vida pasar.

Agradecimiento especial: a las doce personas que dedicaron su tiempo a compartir un pedazo de su vida y experiencias para dar forma a este reportaje.

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